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CUENTOS



CALLE  INFINITA
La noche quieta y sin luna, el viento inerte, las voces y ruidos de la ciudad apagados, el misterio y la zozobra de la calle iluminada por faroles con luz amarillenta ubicados en la parte alta de los postes de luz y a lo largo del camino. Resuenan en ecos los pasos que trastabillan con el asfalto, un solo par de zapatos en medio de una angustiosa una calle larga, a lo lejos una moto con su motor presuroso se aproxima, se atemoriza el peatón-nocturno-mañanero, no pasa nada sigue de largo y de nuevo los pasos convergen en sonidos estruendosos en medio de los sueños de quienes duermen seguros en sus casas.

Un grupo surge intempestivamente de una esquina, por sus alegatos y euforias el transeúnte deduce la embriaguez de la farra de cada uno de sus integrantes, se pasa a la otra acera, trata de deslizarse desapercibido a la miradas de estos alargando sus pasos, al final de la calle profunda esta la puerta de su casa, barrera infranqueable contra el mundo y sus peligros, fin e inicio, puerta-salvación, puerta-gloria, puerta-hogar, puerta-descanso, puerta-paraíso, puerta-bendita, bendita puerta y “¡mierda-puerta! Qué esta al otro extremo de la calle.

Después de sortear el grupo y sus festividades vespertinas, ahora tiene que estar en guardia sobre las esquinas que se van abriendo en vertiginosas profundidades, en los lotes vacíos y faroles fundidos que ocultan en sus sombras partes de la calle, camina cauto y al mismo tiempo presuroso, desea correr pero le parece que ese lo llevaría a un colapso nervioso, respira hondo para controlar su pulso cardiaco, entra en las tinieblas de una parte de la calle donde la luz no cubre las fachadas de las casas ni la brillante refracción de la luz sobre el pavimento permite ver el camino, cuando sale victorioso del primer parche sin luz de la calle, ve como una sombra se le adelanta, voltea y esta hay, solo… es su propia sombra que los focos bifurcan hacia delante, atrás, derecha e izquierda, sigue su camino avergonzado de que los perros se le burlen, con sus ladridos, de su propia cobardía, se pregunta por qué no contrato un perro a suelto -callejero que lo protegiera de esa calle-hampa.

Sigue su camino esta vez con paso parsimonioso y pausado, para que ninguna sombra le asalte por sorpresa, no en vano dos sombras, apenas vislumbradas por los reflejos del transeúnte entraron en escena, un gato jugando con su presa, una rata moribunda, que no sabia por donde escapar, el gato le daba una pequeña ventaja para que se filtrara por la alcantarilla al costado izquierdo del andén, a penas asomaba sus bigotes por la cloaca-salvación, el gato con su alarido de guerra y sus garras afiladas, la asustaba para que retrocediera y volviera a la mitad de la calle; así se sentía él, atrapado por una calle-gato que jugaba con él, para luego engullirlo en su fauces nocturnas. Presa de esta imagen devoradora, se detuvo y miro de extremo a extremo la calle y se dio cuenta que ya era tarde, estaba en mitad de una gran ratonera, se dio cuenta que su apreciada puerta-salvación, puerta-gloria, puerta-paraíso no era más que la carnada para entrar en esta calle infinita.

JOHN JAIRO CASTAÑEDA ALDANA









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